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COSTUMBRES Y TRADICIONES MORTUORIAS DEL SURESTE MEXICANO
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ESQUEMA
Introducción
Primera parte
- Los ritos de la muerte en la antigüedad
- La muerte como rito
- La muerte y lo mexicano
- Los mitos alrededor de la muerte
Segunda parte (Antigüedad)
- Mayas
- Aztecas
- Zapotecas
- Mixtecos
- Olmecas
Tercera parte (Ritos funerarios)
- Chiapas
- Tabasco
- Oaxaca
- Veracruz
Conclusiones
Fuentes
INTRODUCCIÓN
Los ritos funerarios son las prácticas, específicas de la especie humana, relacionadas con la muerte y el enterramiento de una persona. Estas prácticas, estrechamente relacionadas con las creencias religiosas sobre la naturaleza de la muerte y la existencia de otra vida después de esta vida, implican importantes funciones psicológicas, sociológicas y simbólicas para los miembros de una colectividad. Así, el estudio del tratamiento que se dispensa a los muertos en cada cultura, proporciona una mejor comprensión de su visión de la muerte y de la propia naturaleza humana. Los rituales y las costumbres funerarias tienen que ver no sólo con la preparación y despedida del cadáver, sino también con la satisfacción, del deber cumplido, de los familiares y la permanencia del espíritu del fallecido entre ellos.
La muerte es un tema que siempre exige respeto, sean cuales fueren las condiciones o circunstancias en que se presente ésta. En casi todas las culturas antiguas de nuestro país, se le tenía a la muerte un miedo y terror increíble, mas no por eso se dejaban intimidar en las batallas.
El mexicano es un pueblo que ha jugado con la muerte muy a su modo, que la respeta, la venera y la festeja, que le ha reservado un día al año para que, ella sola, lo pase con los que se ha llevado en su incesante recorrer. Es el pueblo quien le hace ofrendas, le inventa versos, dichos y refranes, canciones, ropa y hasta comidas. Celebrar con los muertos es una dulce y colorida tradición exclusivamente mexicana.
La muerte posee una mística especial que la hace tan fascinante y enigmática en todas las culturas y civilizaciones del mundo, que es difícil hablar de la muerte sin sentir respeto, sentimiento y hasta cierto temor. En este caso, hablaré de las costumbres y tradiciones mortuorias que corresponden al sureste mexicano, conformado por los estados de Oaxaca, Tabasco, Chiapas y la parte sur de Veracruz.
Las tradiciones, costumbres y creencias funerarias y religiosas que mencionaré a lo largo de mi investigación, por constituir una gran variedad, las he ordenado en tres partes:
a) La primera parte habla de los ritos de la muerte en la antigüedad, la muerte como rito, la muerte y lo mexicano y, por último, de los mitos alrededor de la muerte.
b) La segunda parte la dediqué a las culturas prehispánicas que habitaron, precisamente, los territorios indicados, donde menciono los principales funerales que realizaban esos pueblos. C) En la tercera parte de mi desarrollo, hablo de cada estado correspondiente a la región sureste mexicana, pero ubicándolos en un marco actual, es decir, cómo se celebran las pompas fúnebres en nuestros días.
DESARROLLO
Primera parte
Las inhumaciones del México antiguo se hacían con grandes ceremonias, porque los muertos tenían que partir, según las creencias, a los siguientes lugares:
a) Mictlampa norte, lugar a donde iban los de muerte natural.
b) Huitzampla sur, lugar donde llegaban los que morían ahogados, a causa de un rayo o hidropesía, para llegar al Tlalotocan o paraíso de Tláloc.
c) Tlahuizampa, lugar para los guerreros que morían en batalla, para que acompañaran al sol en el amanecer.
d) Chihuatlampa oeste, lugar a donde llegaban las mujeres que morían en parto, quienes también acompañaban al sol pero durante el ocaso (Referencia: www.montero.org.mx/muerte).
En la antigüedad, los ritos mortuorios eran considerados como un conjunto de aberraciones y los pueblos que los llevaban a cabo eran considerados incivilizados, primitivos y salvajes, ya que en estos rituales religiosos en honor a sus muertos, determinados pueblos bailaban, se disfrazaban, se imponían privaciones, se mutilaban, cortaban cabezas, incendiaban chozas, destruían el ganado y una gran cantidad de barbaridades más.
Tales prácticas, sin embargo, tienen una calidad religiosa en la que la acción que provoca consecuencias reales, es resultado de costumbres ancestrales, toda vez, que la característica principal de los ritos es la repetición constante y emotiva de un hecho en honor de sus difuntos.
Estos ritos que se efectúan cuando fallece una persona, tienen un carácter universal que se asume como un hecho genérico, esto es, que una sociedad sin ritos o rituales viene a ser anormal, ya que la experiencia nos revela como un fenómeno constante y normal, aquello que nos parece absurdo en estas conmemoraciones; en resumen, la repetición es parte inseparable de la esencia misma del rito (Tomado de la lectura: Ubicación del rito en la vida social, Cazeneuve, Jean, Sociología del rito, pp.13-37).
Ahora bien, hay ritos que se consideran mágicos a pesar de los actos que conllevan, por ejemplo, en algunos pueblos existe el ritual que prescribe la destrucción de la casa y todos los bienes del difunto; esto es resultado de que tras haberse producido el fallecimiento de alguna persona, los habitantes del pueblo prendieron fuego a la casa y a las pertenencias del finado y, a causa de ello, se evitó alguna desgracia, por lo que en estos pueblos se llegó a la conclusión de que era bueno destruir los bienes de los difuntos en lugar de aprovecharlos. En ese sentido, encontramos que un hecho fortuito puede ser convertido en costumbre.
Los ritos observados cuando alguien muere, son conocidos por toda la gente, en los cuales son partícipes personas de diversas religiones y aún aquéllas que no profesan ninguna fe. Tales ritos son considerados por las sociedades como preámbulo para despedir al difunto, como son, velar el cuerpo sin vida durante toda una noche, aunque hay lugares en donde se vela el cuerpo inanimado por dos o más noches, rezando rosarios en honor del recién fallecido, hasta que se lleva el cadáver al panteón a depositarlo en su última morada.
Posteriormente, durante los ocho días siguientes se reza un rosario diariamente y, el noveno día, se reza durante toda la noche velando una cruz o una imagen religiosa elaborada con arena o cal, imagen o cruz que se va juntando de a poco en cada rosario hasta conformar un montículo con la tierra o cal de que está elaborada, el cual, al amanecer del día siguiente, se deposita en la tumba donde quedó enterrado el difunto.
En estas circunstancias, encontramos que la gente realiza actos rituales por costumbre, aun a costa de los inconvenientes que ello implica. Al comprender las características del rito nos damos cuenta de que ese tipo de comportamiento colectivo no es tan absurdo como parece, porque es irremplazable.
Existen ritos conmemorativos que recrean la atmósfera sagrada mediante la representación de mitos en el transcurso de ceremonias y los ritos de duelo que remiten al mundo mítico en un sentido inverso, ya que transforman en antepasados a los muertos.
El acto de velar a los muertos es un rito, sea cual sea el lugar en donde ocurra. Esta ceremonia, cuando la hay, usualmente se basa en rezos, plegarias, cantos, alabanzas y oraciones dedicadas al reposo eterno del finado, a que Dios lo haya perdonado y lo tenga en su Santa Gloria. Como la mayoría de los ritos, éste posee un carácter religioso y comparte características con la Teoría de la fiesta (Párrafos relacionados con La trasgresión sagrada: Teoría de la fiesta): exceso de comida, de desenfreno, de bebida, de cigarros, de llantos, de gritos (al menos por parte de las plañideras, mujeres contratadas para el efecto), de sollozos, cantos, música, etc., es decir, la gente se olvida de inhibiciones y se suelta a decir lo que le mande la ocasión, incluyendo un buen chiste, ya que cualquier tipo de prohibiciones queda para otro día.
Entonces el evento se presta para que las personas hagan lo que no pueden hacer en los días comunes o, más bien, lo que no es bien visto, como por ejemplo: gritan injurias, golpetean, lloran, se habla bien o mal del muerto (en privado o en público, pero se habla de él), se le coquetea a la viuda (con mayor razón si ésta cuenta con una cuantiosa herencia), en fin, hace lo que le nace hacer. Ahora, tomamos a la fiesta como una re-actualización del mito.
Los mitos son parte fundamental de todo lo relacionado con la muerte. Entendiendo primero, como mitos, a los modelos de todas las acciones que tienen sentido en la sociedad, es por eso que siempre que alguien fallece se hace una celebración en su honor y la gente participa en las ceremonias de sus antepasados. En este caso, serían los sacerdotes o equivalentes los encargados de penetrar en el mundo de los dioses, estableciendo un nexo entre lo sagrado y lo profano, dos factores de los que se hace una distinción.
Tomemos la definición de mitos que hace Julio Amador (Referencia: Julio Amador Bech, Mito, símbolo y arquetipo en los procesos de formación de la identidad colectiva e individual, publicado en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, No. 176, pp.61-74) de que los mitos son formas abiertas, capaces de ser referidas a situaciones diversas e inéditas. A pesar del paso del tiempo y los cambios sociales consecuentes, son válidos para explicar situaciones históricas (colectivas e individuales) siempre nuevas y diferentes. La conciencia dispone de dos maneras de presentarse al mundo: un directa, en la cual la cosa se presenta en persona al objeto y otra indirecta que es cuando, por una u otra razón, la cosa no se presenta “de carne y hueso” a los sentidos, por ejemplo, al recordar a la persona fallecida.
Si hablamos de que en un mito intervienen factores y seres sobrehumanos, y se desarrollan actividades imaginarias que trasponen acontecimientos históricos, entonces podemos contar, cual si fuera real, acerca de La Muerte, La Calaca, La Catrina, Doña Marraqueta y demás acepciones que recibe este personaje que se lleva a las personas al panteón, camposanto, cementerio, población de Dolores, el valle de los pelones, la ciudad de las calacas y demás sinónimos, al reposo eterno. Otro mito de carácter religioso es el que habla de una vida después de la vida, pero francamente no quiero meterme en este tema y mejor voy concretando más y me limito al tema original.
Segunda parte
En el México Antiguo se realizaban ritos funerarios que hoy en día nos podrían parecer reprobables, bárbaros, incivilizados, salvajes y hasta asquerosos. Pero esos pueblos lo veían como una forma de brindarle el eterno descanso o la paz en la otra vida. Todos y cada uno de los ritos que describiré en esta parte, son relacionados con los dioses, con lo divino, y corresponden a la zona sureste de México que estoy manejando en esta investigación.
Las principales culturas antiguas que se expandieron a lo largo y ancho de esa zona sureste mexicana, son los otomíes, en Chiapas; los mayas, en Chiapas y Tabasco; zapotecas, mixtecos y tehuanos, en el Valle de Oaxaca y los huastecos y totonacas en Veracruz (Dada la inmensa cantidad de culturas y grupos étnicos que habitan esa zona sureste de México, me tomo la imperdonable libertad de omitir cientos de grupos que pudieran haber completado este trabajo. Claro está que para mencionarlos a todos -digo, tan sólo en Oaxaca hay más de 500 municipios, 300 dialectos y no sé cuántas regiones indígenas- se requeriría otro trabajo especialmente para ellos).
Imperio maya
Los mayas tenían mucho miedo a la muerte. Cuando alguno de ellos fallecía, su familia ayunaba durante el día y por la noche se entregaba a gritos y lamentaciones.
A la generalidad de los muertos se les envolvía en una manta y se les llenaba la boca con granos de maíz y con unas cuentas de piedra, que entre ellos hacían las veces de monedas para que nada faltara al difunto en la otra vida. Luego se le enterraba, generalmente junto a la casa en que había vivido, poniendo en su tumba ídolos y utensilios que indicaban la ocupación que el individuo había tenido durante su vida. Por ejemplo, en la tumba del sacerdote se ponían escrituras jeroglíficas; en la del guerrero sus armas, y así por el estilo.
Cuando el muerto era un alto personaje, se quemaba su cuerpo y se recogían sus cenizas en grandes vasos de barro, que a su vez, se sepultaban luego en los templos erigidos a propósito. En algunos de ellos había una especie de pozo, desde la plataforma de la pirámide hasta la base, que se llenaba de perlas, collares, conchas, corales, objetos de jade, etc. A veces se daba a las urnas cinerarias la forma de una estatua.
En otras ocasiones se quemaba sólo una parte del cuerpo, se recogían las cenizas en la cabeza, hueca, de una estatua de madera, se cubría el hueco con un pedazo de piel, tomado de la parte de atrás de la cabeza del muerto y se sepultaban los demás restos. Estas estatuas se guardaban entre las imágenes de los dioses y eran profundamente veneradas.
Otra práctica mortuoria, usada en Mayapán, era cortar la cabeza del muerto, ponerla a hervir para desprender la carne, aserrar luego el cráneo por la mitad teniendo cuidado de separar las quijadas, las órbitas de los ojos y la frente en una sola pieza, luego, sobre ella, extender una especie de pasta de goma, con la que se imitaban las facciones del difunto. Era tan grande la habilidad de los mayas en estos trabajos que, según se dice, las máscaras una vez terminadas, tenían toda la apariencia de la vida. Estas carátulas se colocaban también entre los ídolos.
En muchas partes del Antiguo Imperio Maya se han encontrado bóvedas sepulcrales, cajas mortuorias, en las que los esqueletos están rodeados de vasijas, armas de piedra y adornos de jade. Entre los mayas se diferenciaba el enterramiento según la clase y categoría del muerto. La gente ordinaria se enterraba bajo el piso de la casa, pero los nobles solían ser incinerados y sobre sus tumbas se erigían templos funerarios.
Imperio azteca o mexica
Según una leyenda, los aztecas fundarían una gran ciudad, allí donde encontraran un águila devorando a una serpiente posada sobre un nopal. En el año 1325, los sacerdotes aztecas descubrieron esta escena en un islote cerca del lago Texcoco, y allí erigieron la ciudad llamada Tenochtitlán. En el momento de su más alto desarrollo, el Imperio azteca se extendió por lo que hoy es la región central del país, desde la costa del golfo de México hasta la del Pacífico, y desde el Bajío hasta Oaxaca (Huaxyacac).
En los funerales de los reyes, a veces les sacaban los intestinos y les embalsamaban (a los reyes no a los intestinos), les ponían una corona de oro y piedras preciosas y los sentaban en una silla hecha de copal, que era su incienso, adornado de plumas y colores, en medio de una sala, colocando a sus pies un águila, a sus espaldas un tigre y en sus manos armas y flechas. Los tenían así cerca de cinco días en exposición para que lo visitaran los señores principales y luego llevaban el cadáver a la hoguera para quemarlo y así recoger sus cenizas en una pequeña caja de piedra, caja que se guardaba en una sala del palacio donde alguna vez habitó.
Mientras estos ritos se celebraban, las plañideras de oficio, alquiladas al efecto, lanzaban tristes lamentos. Después de pasados cuarenta días, recogían la urna cineraria e iban a depositar los rescoldos en una cueva. Al morir y festejar los funerales de un rey, inmediatamente se preparaba la fiesta para elegir a un nuevo rey.
Los aztecas, que creían en la existencia de paraísos e infiernos, preparaban a los difuntos para un largo camino lleno de obstáculos. Tenían que pelear para poder llegar al final y ofrecer obsequios y regalos al señor de los muertos, que decidía su destino final.
Mixtecos y Zapotecos
Los mixtecos sepultaban a sus muertos generalmente en grutas o cavernas, en las que colocaban trajes, víveres, armas, vasos funerarios y utensilios, pues tenían por sus difuntos un culto muy desarrollado por creer en una segunda vida.
Los zapotecos construían tumbas ex profeso y tenían verdaderos panteones, tal como ocurría en Monte Albán, en los que las excavaciones han puesto al descubierto urnas cinerarias y ofrendas magníficas.
Los enfermos desahuciados por los médicos y los desesperados de la vida, podían solicitar que se les enterrara vivos en la caverna subterránea que, se dice, había en Mitla; entonces se levantaba la gran piedra que cubría la entrada, descendía el solicitante y se volvía a dejar caer la losa funeraria, misma que por ningún motivo se podía volver a levantar, a no ser para dar paso a otra víctima por su propio derecho.
Pueblo olmeca
Su área central ocupó unos 18.000 km2 en las pantanosas selvas de las cuencas ribereñas de los actuales estados mexicanos de Veracruz y Tabasco. Su influencia se extendió gradualmente hasta las tierras altas de México, esto es, el valle de México, conocido como el Anáhuac, y los actuales estados de Oaxaca y Guerrero, por lo que influyeron en otras culturas posteriores como la mixteca y zapoteca.
En las celebraciones funerarias, los bailarines enmascarados buscan guiar el alma del difunto al mundo de los espíritus, donde no causará daño a los vivos. En los ritos memoriales, se usan máscaras para representar al personaje fallecido. Ocasionalmente, igual que en el México prehispánico, las máscaras se colocan sobre monumentos conmemorativos. A veces se colocan sobre la cara del cadáver (por ejemplo, entre los indios mexicanos), tanto para proteger al finado de los malos espíritus o, como sucedía con los mayas, para guiar al espíritu a su hogar en el más allá.
NOTA: Todos los párrafos que hablan de los ritos funerarios de los pueblos prehispánicos tienen su origen en el libro Historia antigua de México de Alfonso Toro, anexado en la bibliografía.
Tercera parte
Los ritos y costumbres que imperan actualmente en los estados de Chiapas, Veracruz, Oaxaca y Tabasco, son muy parecidos entre sí. Las diferencias en sus actividades funerarias son básicamente de corte familiar, no religioso ni geográfico ni nada por el estilo. En todas las sociedades se prepara el cadáver antes de colocarlo definitivamente, y para siempre, en el féretro, en estas regiones, sin excepción, entierran los cuerpos y se reza durante días y noches por el descanso eterno del difunto, tal vez para que le vaya bien en la otra vida a la que, irremediablemente, todos llegaremos.
Las diferentes formas de despedir al fenecido, están en función de las creencias religiosas, el clima, la geografía y el rango social. El enterramiento se asocia al culto de los antepasados o a las creencias en la otra vida. La cremación se practica en algunas culturas con la intención de liberar el espíritu del muerto. Prácticas menos comunes son, arrojar el cadáver al agua o momificar el cuerpo para exhibirlo, y éstas generalmente son llevadas a cabo por la última voluntad del que alguna vez vivió.
En el funeral, el traslado del cadáver al lugar de su enterramiento o cremación, supone una ocasión para celebrar un ritual que varía en complejidad. Con frecuencia, el transporte del cuerpo se convierte en una procesión con un ritual determinado.
El deseo de mantener viva la imagen del difunto, da lugar a los llamados epitafios, que no son otra cosa que las inscripciones que se le hacen a un sepulcro y que suelen ser composiciones poéticas cortas dedicadas al perecido o perecida, por ejemplo, la inscripción que puso un hombre sometido y maltratado en la tumba de su esposa:
Aquí yaces y haces bien, tú descansas yo también.
Oaxaca
En este hermoso estado de la República Mexicana, tienen ciertas costumbres funerarias que se diferencian del resto de los estados. Entre estas tradiciones podemos encontrarnos con que hacen tamales a la salud del difunto; tamales que varían en su elaboración, de acuerdo a la predilección que tuvo en vida el fallecido por estos manjares de masa y mole.
Cuando fallece una persona en Oaxaca, se le reza al cadáver, presente durante todo el día y toda la noche. Para esto, los tamales, el mole y el atole blanco de maíz, ya han sido servidos a la concurrencia que acompaña en su dolor, y a cenar, a los familiares del difunto. Al mismo tiempo, se contrata a un artesano para que haga la Cruz que consiste en una imagen religiosa hecha con arena adornada de colores, pinturas y lentejuela. Al día siguiente, se lleva el cuerpo inerte a enterrar al panteón, cuatro hombres ofrecen sus hombros para cargar el ataúd, quienes, durante el trayecto, son relevados por otro cuarteto de hombros descansados y, éstos, a su vez, son sustituidos por nuevos hombros, y así, hasta llegar a la última residencia del muerto. Sin embargo, se hace una escala en la Iglesia del lugar para que el sacerdote le rece un rosario y le dé la bendición al fiambre. La arena coloreada se vacía sobre la tierra que cubre el ataúd, al pie del sepulcro. Durante los rosarios, el de cuerpo presente y en el novenario (los nueve días siguientes al entierro, en que se rezan rosarios, en los cuales participan los familiares más directos y algunos otros amigos e invitados y que tienen lugar en la casa donde murió la persona), se contrata un rezador que se encarga de guiar las alabanzas y panegíricos durante toda la noche cuando es necesario. La procesión que acompaña el ataúd camina desde la casa en donde velaron el cuerpo hasta el panteón, eso sí, mientras se camina, suenan las notas de la banda del pueblo que interpreta una y otra vez Las golondrinas, algunas canciones que eran del agrado del ahora ausente o, simplemente, melodías a petición de los caminantes.
Chiapas
En las sociedades chiapanecas, la muerte es un acontecimiento muy ritualizado, cosa que obliga a ceremonias de todo tipo, acompañadas de ofrendas, alimentos, objetos de acompañamiento y regalos de mucha utilidad durante el largo viaje que se inicia tras la muerte.
Como en la mayoría de las sociedades occidentales modernas, los rituales funerarios engloban velatorios, procesiones, tañido de campanas, celebración de un rito religioso y lectura de una glorificación o loa. En los funerales militares, a menudo se realizan saludos especiales con salvas en honor del fallecido. Algunas regiones del estado tienen establecido algún período de reclusión para la familia del que murió. Esos lapsos de tiempo pueden abarcar desde dos días hasta una semana entera.
Particularmente en Chiapas tienen la costumbre de poner altares y hacer ofrendas alrededor del ataúd.
Tabasco
Las prácticas de lavar el cuerpo, vestirlo con ropas especiales y adornarlo con objetos religiosos o amuletos son muy comunes. A veces al fallecido se le atan los pies, tal vez con la intención de impedir que el espíritu salga del cuerpo. El tratamiento más meticuloso es el del embalsamamiento, que nació, casi con seguridad, en el antiguo Egipto. Los egipcios creían que el cuerpo tenía que estar intacto para que el alma pudiera pasar a la siguiente vida, y para conservarlo desarrollaron el proceso de la momificación. En la sociedad occidental moderna se realiza este proceso para evitar que los familiares tengan que enfrentarse con el proceso de putrefacción de los restos.
Según pláticas de algunos ancestros, en cierto pueblo tabasqueño, cuyo nombre no recuerdo, la procesión que acompaña al ataúd hasta el lugar de la cremación, va precedida por un hombre que lleva una antorcha. Llegado al lugar previsto, el cortejo se pasea alrededor del féretro y, antiguamente, en algunos grupos, la viuda simbólicamente se auto incineraba en la pira funeraria del marido. Finalmente, las cenizas del muerto se depositaban en el río más próximo, considerado sagrado. Esta autoincineración simbólica de la viuda, no era más que pasarse por el cuerpo la antorcha, procurando no quemarse, hasta sentir, supuestamente, la presencia del muerto que se despide para siempre y, entonces, hasta ese momento, apagar la antorcha en el agua.
Veracruz
En esta región, sobre todo en la Huasteca, tienen muy arraigada la costumbre de componer y cantar, coplas o versos en honor al ya expirado, conocidas como música de velorio. En ellas (generalmente con la misma tonada) se hace alusión a la vida que llevó, a la forma en que murió, a la descendencia que tuvo e incluso a sus amigos y enemigos.
En la región sur de Veracruz es común que se contraten las plañideras para que le lloren al muerto. Los asistentes al sepelio deben ir vestidos de blanco, contrariamente al resto del mundo que utiliza el color negro como señal de luto.
CONCLUSIONES
Las tradiciones y costumbres mortuorias en México no han cambiado a través del tiempo, prueba de ello son las prácticas que se realizaban desde 1800 años a.C., fecha de la que se tiene el primer indicio de festejos a los muertos, en donde ya se tenía una tradición de la ofrenda y los tributos. Pienso que hasta ahora, la visión y postura hacia la muerte ha sido la misma, desde las sensaciones de miedo y horror hasta las de respeto o juego, pero le tenemos igual consideración, actualmente, que la que le tenían los pueblos del México antiguo. Todo esto es una indubitable comprobación de mi hipótesis.
De hecho, ciertas ceremonias de las culturas antiguas me llaman profundamente la atención por las semejanzas entre éstas y las actuales, de nosotros. Tales son las de llevar a cabo un rito cada que muere una persona y rezar por la salvación de su alma, dedicarles altares y prender veladoras en su honor, llevarles flores a su última morada, extender plegarias al cielo cada que llega el aniversario del fallecimiento o, quizás, la mayor parte del año, en fin, cosas que habitualmente hacían estas culturas, y que hacemos nosotros actualmente, y que no han sufrido muchas modificaciones en su paso de cultura a civilización. Yo creo que, si bien, tales ceremonias no son idénticas a las de hoy, se debe tan sólo a que, por el tiempo transcurrido y la falta de comunicación con lo que queda de esos pueblos, la concepción del mundo es otra en el sentido de que hoy están penalizadas ciertas prácticas que ellos acostumbraban, porque, de no ser así, supongo que se seguirían llevando a cabo.
Esto me deja la percepción, en conclusión, que las tradiciones siguen siendo las mismas, y que nosotros, muy a pesar de las influencias estadounidenses o europeas, somos producto de aquellos pueblos nuestros, de nuestros ancestros, que tan remotos se ven en el tiempo.
Las ideas religiosas no cambiarán jamás, aunque Dios demuestre que no existe, por eso supongo, que siempre se le rezará a los cuerpos al momento que den su última respiración, pidiendo por el reposo y el bienestar de su alma, en la vida después de la vida.
A lo largo de mi investigación pude observar que, a pesar de la gran variación de prácticas funerarias, siempre existen tres elementos simbólicos principales:
a) El primer simbolismo es el color. A pesar de que la asociación del color negro con la muerte no es universal, el uso de ropa negra para representar la muerte está ampliamente difundido.
b) Un segundo elemento son las actividades ruidosas con golpes de tambor o cualquier otro instrumento en señal de tristeza.
c) Finalmente, y como tercer elemento, está la utilización de algunas prácticas mundanas en la procesión con el cadáver.
Indudablemente mis hipótesis se cumplieron. Cada muerte es motivo suficiente para celebraciones, e incluso de fiestas en los aniversarios luctuosos de ciertas personas. Por ejemplo, ¿por qué conmemorar el día 15 de abril, fecha en que falleció Pedro Infante, en vez del 18 de noviembre, día en que nació?
La gente va por montones al panteón diariamente para evocar y ofrendar a sus seres queridos en el día en que fallecieron, nunca, por ejemplo, acuden al hospital donde esas personas nacieron. Es decir, se celebra cuando morimos, no cuando nacemos.
FUENTES
Libros de historia
- Toro, Alfonso, Historia antigua de México, Editorial Patria, México, 1960.
- Ancona, Eligio, Historia del Estado de Yucatán desde la época más remota hasta nuestros días, Plaza y Valdés Editores, México, 1970.
- Saravia, Albertina, Popol Vuh, Antiguas historias de los indios quichés de Guatemala, Porrúa, México, 1998.
- Barrón de Morán, C., Historia de México, Porrúa, México, 1972, pp. 51-151.
Libros de metodología
- Moreno González, Rafael, La investigación científica, Porrúa, México, 1986, pp. 19-119.
- López Cano, José Luis, Método e hipótesis científicas, Trillas, México, 1998, pp. 6-90.
- Alonso, José Antonio, Metodología, Editorial Edicol, México, 1985.
- García Avilés, Alfredo, Introducción a la metodología de la investigación científica, Plaza y Valdés Editores, México, 1996.
- De Gortari, Eli, El método de las ciencias (nociones preliminares), Grijalbo, México, 1980.
- Bosch García, Carlos, La técnica de la investigación documental, UNAM, 1959.
- Calvo Langarica, César, Manual del pasante, Publicaciones PAC, México, 1982.
Libros de investigación
- Bonfil Batalla, Guillermo, México profundo. Una civilización negada, CONACULTA, 2001, pp.89-96 y 101-142
- Jiménez, Alfredo, Dichos y refranes de la picardía mexicana, Diana, México, 2001.
- Jiménez, Alfredo, Nueva Picardía Mexicana, Diana, México, 1970, pp.213-238.
- Malvido, Elsa; Pereira, Gregory; Tiesler, Vera, El cuerpo humano y su tratamiento mortuorio, CONACULTA, México, 1995.
Páginas Web
- http//:www.conaculta.com.mx
- http//:www.montero.org.mx/muerte.html
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